Bulimia: “Te volvés tan obsesiva que te enfermás, solo podés pensar en la comida”

Sofía tiene 20 años y hace cinco que está en tratamiento por bulimia; para este verano, quiso bajar unos kilos y volvió a sufrir su trastorno. En verano, todas las mujeres se obsesionan con el cuerpo. Entrás a Instagram y solo ves publicidades y fotos de chicas en bikini que son flacas y perfectas. Y querés ser como ellas. Querés poder exponerte y verte bien con la bikini puesta. Empezás a adelgazar, estás más flaca, pero igual querés seguir un poco más.

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Precisamente, yo arranqué con mi trastorno alimentario para esa época, cuando tenía 15 años. Siempre fui una chica normal, me gustaba hacer deporte. Venía el verano y decidí empezar a dejar de comer algunas cosas. Me vi mejor y me gustó.

Pero después intentaba hacer dietas y fracasaba. En la desesperación, llegué a probar con laxantes, diuréticos y hasta provocarme el vómito.

Me obsesioné tanto que lo más peligroso era mi veta impulsiva. En ese momento, no me importaba poner en riesgo mi vida si eso me llevaba a ser más flaca. Te volvés tan obsesiva que te enfermás.

Hacía deporte de manera obsesiva. Sentía que tenía que ir todo el día a hacer gimnasia y spinning. Pero no lo disfrutaba, se transformó en una responsabilidad: iba para adelgazar. Como una adicta.

Porque la comida se vuelve el centro de tu vida. Es lo único que te importa. Y llega un momento en el que desaparecés, te aislás. La comida es un elemento muy sociabilizador, que siempre está presente en las reuniones, y de la nada dejás de ir a los cumpleaños, a las juntadas, porque nadie te garantiza que va a haber la comida que vos querés.

Te aferrás al trastorno alimentario y quedás tan cansada de pensar todo en la comida que no te quedan fuerzas para nada. No podés con el día a día, cada cosa que hacés termina en un pensamiento negativo, en investigar nuevas formas para estar más flaca, porque querés saber todos los tips. Hasta te cuesta dormir.

También me afectó en la facultad, porque casi no tenía energía por lo poco que comía. Y además me desconcentraba porque solo pensaba en qué iba a comer o en qué había comido. Por eso me costó mucho poder encarar los finales.

Después de engañar durante un largo tiempo a mi familia y a la psicóloga a la que me mandaron, un día toqué fondo y pude pedir ayuda. Y así fue como empezó la recuperación junto a una nutricionista y una psiquiatra.

De a poco, cuando fui balanceando mi dieta, empecé a estar mucho mejor. Todo empezó a estar bien y volvió la luz a mi vida.

Sigo luchando

Hoy tengo 20 años y sigo luchando. Si bien sigo en tratamiento, este verano volví a recaer. Estaba comiendo de todo y en el peso en el que tenía que estar. Y de la nada me obsesioné de nuevo con querer adelgazar. Hace tres meses saqué algunos alimentos de mi dieta y no pude parar. Y me empezaron a dar miedo alimentos que antes no me daban miedo. Y cuando te das cuenta, ya estás encerrada en un mundo de pensamientos. Y entonces es cuando tu cabeza no para. Literalmente no podés dejar de pensar en la comida.

Por suerte las médicas que me acompañan me agarraron a tiempo y hoy estoy contenida. Porque la anorexia te arruina. Tenés una comida en frente y no la podés comer por miedo a engordar.

Otra cosa muy complicada es viajar teniendo un trastorno alimentario. Este verano me fui de vacaciones a la playa y tuve que hacer un gran esfuerzo, porque el resto quizás elegía comer comida que no era tan sana y a mí me cuesta mucho la flexibilidad. Hay alimentos, como las galletitas o los alfajores, que me da miedo comer y no me quedaba otra. Se sentaban todos a comer un plato de fideos o arroz y a mí eso me costaba más.

Durante el verano todas las personas restringen su comida, se piden ensaladas. Pero el problema es que no saben cómo comer. Tendrían que aprender a tener una conducta alimentaria durante todo el año.

Ahora voy a hacer todo lo que me dicen, porque esto no me hace feliz.

Mis amigas me ayudaron un montón y me entienden bastante. Fueron a ver a mi nutricionista y a mi psiquiatra para que les explicaran cómo acompañarme. Tenerlas cerca me incentiva a cambiar. Porque todo el entorno sufre un montón lo que a vos te pasa.

A las chicas y adolescentes obsesionadas por su cuerpo les diría que es más fácil aceptarse que enfermarse. Que hay que aprender a comer y a hacer deporte para poder estar bien con su cuerpo. Porque una vez que entrás en un trastorno alimentario es complicado salir. Se puede, pero cuesta.

Mi familia fue la que más me ayudó y siempre estuvo. En el tratamiento, el acompañamiento familiar es muy importante.

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