Un mundo de robots, los ricos mas ricos y los pobres como siempre mas pobres.

Cuando se trata de robots parece que no hubiera medias tintas. Los robots van a venir y nos van a quitar los trabajos. Después están quienes dicen que esto resultará en infinito tiempo libre que desencadenará la explosión creativa de un "Nuevo Renacimiento", y quienes creen que del desempleo masivo y la inempleabilidad no nos recuperaremos nunca. Pero quizá la obsesión por el desempleo a raíz de la automatización nos está haciendo ignorar una consecuencia aún más inmediata: la amplificación de la desigualdad económica.

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La ansiedad provocada por la automatización no es algo nuevo. Durante la Revolución Industrial los luditas se hicieron famosos por destruir varias de las máquinas instaladas en molinos y fábricas. Esto les valió la fama en el imaginario cultural como un movimiento anti-tecnología, pero este no era el caso. Lo que buscaban era mejorar su posición ante sus empleadores utilizando la estrategia que en 1952 el historiador marxista Eric Hobsbawm bautizó como “negociación colectiva por disturbio”.

En el siglo XX otras olas de preocupación se sucedieron, con titulares como “El avance de las máquinas hace que las manos queden ociosas ” en el New York Times (1928) o la aparición de la expresión “desempleo tecnológico” de la pluma de John Maynard Keynes en 1930. Ya en los años 40 algunos diarios hacían referencia a los comentarios sobre el desempleo a raíz de las máquinas como “una vieja discusión “. Luego, en la década de 1950 y en la de 1960, la ansiedad recuperó su vigor y en plena campaña electoral el candidato John F. Kennedy llegó a dar un discurso dedicado a los problemas de la automatización y su propuesta para resolverlos.

Las predicciones acerca del colapso del mercado laboral en manos de robots reflotan cada tanto y sistemáticamente demuestran estar equivocadas. Es por esto que la economista Heidi Shierholz desestima tanta paranoia. La automatización desplaza a los trabajadores, pero no afecta al número total de trabajos en la economía a la que afecta: la automatización puede haber arruinado vidas, pero nunca arruinó al mercado laboral.

Es cierto que esta vez se están automatizando tareas que antes eran consideradas inteligentes (como manejar un vehículo o redactar textos), pero esto no afectó al ritmo con el que la productividad aumenta. Es por esto que suele argumentarse que esta nueva ola de automatización es distinta a cualquier otra, aunque esto no se vea reflejado en los datos y, de hecho, desde el año 2000 aproximadamente el ritmo de aumento de la productividad ha ido disminuyendo.

Como señala Matthew Yglesias, de Vox, la sospecha de algunos economistas es que la tecnología ha cambiado nuestras vidas sin cambiar fundamentalmente a la economía. En la raíz del problema está que los aumentos de productividad del que muchas industrias pueden haber disfrutado no han sido equitativamente distribuidos. Se trata del 1% del 1% más rico, cuya riqueza está directamente vinculada al valor de las acciones de las empresas que poseen. Se trata del viejo sueño de vivir de rentas.

El problema no es el desempleo

Dos trabajos académicos recientes argumentan que el principal riesgo de la automatización no es el desempleo masivo sino la amplificación de la desigualdad económica. Uno de ellos, firmado por los economistas Anton Korinek y el premio Nobel de economía Joseph E. Stiglitz, pone el foco en la forma en que los desarrollos de “inteligencia artificial” y otras formas de automatización podrían afectar la distribución del ingreso. Lo que observan es que los beneficios muy probablemente no serán distribuidos equitativamente.

Los autores reconocen que la automatización podría ser innegablemente positiva en una economía en la cual los individuos están “asegurados en contra de los efectos adversos de la innovación”, por ejemplo a partir de un esfuerzo de redistribución eficiente. Sin este tipo de intervenciones no sólo se corre el riesgo de que la desigualdad siga aumentando sino de que resulte en peores condiciones en términos absolutos.

El segundo trabajo, publicado por el Institute for Public Policy Research, también enfatiza la necesidad de desarrollar marcos regulatorios apropiados para controlar el crecimiento desmesurado de la desigualdad. “En ausencia de políticas de intervención, lo más probable es que la automatización incremente la desigualdad de riqueza, ingreso y poder”, sostienen sus autores. Esto va directamente en contra de lo que suele proponerse desde Silicon Valley, con advertencias de que las regulaciones impiden la innovación.

Esta propuesta no implica, de todos modos, desacelerar la incorporación de tecnología al mercado laboral. En cambio, lo que proponen es potenciar a la economía con el uso de tecnología, pero repensando los modelos de propiedad en favor de una mejor distribución de los beneficios de nuestro futuro robótico. Esto no es muy distinto de lo que los luditas exigían hace 200 años.

La discusión acerca de la automatización tiene tanto que ver con el pasado como con el futuro. Al dejarnos obnubilar por las lucecitas de los robots podemos apresurarnos a dejar de lado que en gran parte los desafíos son intrínsecos al capitalismo. Es decir, no es que esto sea algo malo, sino que son problemas que tienen larga data. Del mismo modo que ciertos avances en inteligencia artificial nos han forzado a repensar lo que consideramos inteligente, el advenimiento de los robots en el mercado laboral podrían hacernos repensar al trabajo mismo y la forma en que concebimos a la salud de una economía.

Nadie sabe qué va a pasar con los robots. Es obvio que muchos más diarios se venden con la amenaza robopocalíptica en tapa, pero los pronósticos parecen ser exagerados. En cualquier caso, la desigualdad es un problema creciente hoy y frente a cualquiera de los escenarios de la automatización parecería tender a incrementarse. Esto, curiosamente, nos da la pauta de que podemos empezar a trabajar en una solución sin esperar a que vengan los robots y lo resuelvan.

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