Yoga infantil

La música se transforma en un sonido de agua y una de las instructoras invita a sus jóvenes alumnos a convertirse en un río y a moverse como si fueran viajando a través de un cauce tranquilo, pero con mucha fuerza.

Reforzar la seguridad y activar la imaginación de los más pequeños es el propósito del yoga para niños, técnica que los conecta con la naturaleza y los ayuda a despertar sus sentidos para que desde su corta edad descubran la paz y la tranquilidad interior

Una música tranquila comienza a sonar en la habitación mientras las dos profesoras indican a los niños cómo colocarse en la posición de flor de loto. De estar jugando por toda la habitación, pasan rápido a formar un círculo alrededor de ellas e intentan imitar el cruce de piernas que supone esta posición básica para el yoga.

La música se transforma en un sonido de agua y una de las instructoras invita a sus jóvenes alumnos a convertirse en un río y a moverse como si fueran viajando a través de un cauce tranquilo, pero con mucha fuerza.

Así comienza la clase del aula yoga city natura, una técnica desarrollada por las yoginis Cristina Piaget y Rocío Moreno, quienes buscan acercar a los niños a esta técnica de relajación y ejercicio por medio de la imaginación.

“Consiste en conectar con la naturaleza, mostrarle al niño que tiene un espacio al que siempre puede recurrir al margen de sus circunstancias sociales o familiares. Un espacio de paz, tranquilidad y felicidad”, explica Piaget.

Risas, imaginación y “om”

A diferencia del yoga para adultos, esta técnica deja a un lado el alineamiento del cuerpo y las asanas o posturas. Aquí, justo como detalla la experta, Rocío Moreno, se trata de darle rienda suelta a la imaginación e imitar distintos elementos naturales.

“Para ellos es imitar animales o elementos de la naturaleza. Algunas sí son posturas de yoga, pero no nos preocupamos porque las mantengan, si no que las disfruten”, asegura Moreno.

La música es imprescindible pues, además de transportar la mente a cualquier parte del planeta, ayuda a que los peques se sientan en confianza y hasta bailen durante los 45 minutos que dura una clase, aproximadamente.

De acuerdo con ambas, el rango de edad recomendado para sus clases va de los cuatro a los 13 años, justo cuando inicia la preadolescencia, tratando de llevar a los alumnos de menos a más conforme pasa el tiempo.

“Nosotros lo hacemos todo en clave de juego, potenciamos la atención a través de la meditación con niños a partir de los cuatro años. Las asanas las metemos a partir de los 8 años porque los niños ya se quedan más estáticos”, comenta la yogini, Cristina Piaget.

Por supuesto, la meditación también va de acuerdo a la edad y, aunque se les enseña que el sonido “om” ayuda a conectar con el universo, no se insiste mucho en él.

De agua a grandes fieras

Ya de pie, todos se toman de las manos para formar un círculo y encerrar sus miedos ahí. Ahora, se balancean para marearlos y llaman a los animales más fieros de la tierra para espantarlos de una vez por todas.

De pronto, todos rugen como un león al unísono para ahuyentar al miedo y atraer el amor.

“Es un tipo de yoga para entrar en conexión con ellos mismos y encontrar un refugio a través del vehículo de la naturaleza que siempre es accesible. Es un espacio donde las emociones se van a explorar, es un espacio donde los niños pueden hablar de sus miedos”, señala Piaget.

Además, este trabajo en equipo los ayuda a reforzar su autoestima y a sentirse más fuertes ante la vida, pues aprenden a explorar y entender sus emociones a partir del juego.

Hablarles con el corazón

Conseguir la atención de un grupo de niños no es sencillo; la clave es la sinceridad.

“Yo me convierto en una niña, cambio de voz. Intento siempre hablarles desde el corazón porque es el lenguaje que ellos entienden”, cuenta Piaget.

A esto, Rocío Moreno agrega que la mejor forma para conectar con ellos es divertirse a su lado y utilizar recursos como el humor, el baile y la diversión.

“Conseguir muchas sensaciones durante la clase con juegos, risas, baile, canto, que es lo que al final hace a los niños sentirse bien ¡es vida!”, comenta.

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